Miedo, S.A. de C.V.

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Situación #1. Un buen amigo, al que tristemente robaron recientemente, no ha podido dar seguimiento al caso ya que tiene temor de pedir un permiso extraordinario para salir de la oficina. Me dice que están recortando gente y que “están esperando que alguien la cague para correrlo”.

Situación #2. Cuando facilito los cursos para desarrollar a los facilitadores (tipo Train-The-Trainers; a los nuestros les llamamos DROP-The-Trainers), hay un momento en donde a algún participante le pregunto “¿cuál es tu más grande miedo si te equivocas mientras das un curso?”. A lo que más de una decena me ha contestado “que me corran”.

Situación #3. En los últimos años la seguridad industrial se ha vuelto un tema prioritario en las agendas de capacitación y desarrollo. Al analizar las condiciones o causas por las que se cometen actos inseguros, en prácticamente todas las empresas que hemos visto (y la literatura de los expertos en la materia no nos deja mentir) se identifica que muchos se brincan los procedimientos seguros con tal de llegar a los objetivos del negocio por un miedo a que los corran en caso de que no los logren (o sea que literalmente consciente o inconscientemente piensan, “primero muerto”).

La primera situación me da impotencia, la segunda me da risa y la tercera me sorprende. Lo que sí es cierto es que las tres las entiendo, pero me niego a aceptarlas.

Hace como un año vi un documental que me gustó muchísimo: “La Sal de la Tierra”, donde el protagonista, Sebastião Salgado, economista de estudio, fotógrafo-poeta-periodista de profesión, nos muestra la complejidad del comportamiento humano en su afán de sobrevivir. En sus primeras tomas muestra el funcionamiento de una mina de oro en Brasil (1986), y aunque en teoría no la representa, me hizo pensar en la esclavitud. En el miedo a no cumplir, en el sudor excesivo de muchos para el beneficio de unos cuantos. En brechas impresionantes en los sueldos del que gana más con el que gana menos, en la agresividad de pasar unos por encima de otros, en la pésima calidad de vida, en el morir en el intento.

¿Habremos de verdad dejado atrás la esclavitud y los mecanismos de control medievales? ¿Es cierto que el factor humano en las empresas es el más importante? Si sí, ¿cómo lo demostramos?

En mayor o menor medida la dinámica social se sigue rigiendo por el MIEDO. Por un intenso temor a no llegar, a no alcanzar, a no ser. A no tener, a no brillar, a no trascender. A no caber, a no pertenecer, a no tener la última palabra. A no alcanzar esa casa o ese carro de tal o cual precio, o antes que éste o aquél. Miedo a hacer un mal papel en la junta y que todos se den cuenta que no soy el candidato perfecto que vendí en la entrevista. Miedo a no tener toda la certeza y a que mis colaboradores se den cuenta que no soy el jefe perfecto que vendí cuando los entrevisté. Miedo a no ser suficientemente “hombrecito” o “mujercita” de acuerdo a los paradigmas heredados de ambas definiciones tan estúpidamente reproducidos. Miedo a lo diferente, miedo a lo que no entiendo, miedo al cambio. Miedo a la muerte y al olvido.

En las filosofadas de café antes de que mi esposa y yo nos casáramos, yo le decía que el cambio empezaba desde dentro y desde lo pequeño, y que de nada servían las decisiones en puestos importantes en los marcos públicos o privados. Ella decía que era justo desde esas posiciones donde se podían generar los cambios estructurales que aceleraran el paso. Quince años después de un viaje en conjunto por la paternidad, maternidad y supervivencia social y psicológica (debo aceptar que ella tiene más mérito que yo), hemos balanceado nuestras posturas: ella cree que el cambio significativo se da acá en corto, desde uno, desde cada núcleo familiar. Y yo ahora más que nunca estoy convencido que “servidores” públicos, dueños de empresa, CEOs, altos directivos, dueños de medios de comunicación deben entender y aceptar que si ellos “oprimen un botón”, si toman una decisión, pueden perder un poco pero beneficiar a miles más.

El jefe de la tribu más sana, los mejores líderes de la historia, los mejores empresarios y presidentes de naciones, si algo comparten es que han equilibrado el bien común con el bienestar personal. Uno no está peleado con el otro. Si bien la educadora Margaret Mead dijo que no dudáramos en que un grupo pequeño podría cambiar las cosas, también es cierto que ese grupo pequeño de gente en la cúpula, con poder, con educación, con recursos, con contactos, con la posición de dirigir, puede hacer que millones de personas no sólo le dediquen tiempo a levantar una demanda en el Ministerio porque fueron robados y se permitan cometer errores y aprender en su trabajo. También lograrían que se caigan las barreras entre la gente, se generen nuevas conversaciones, se colabore, se piensa fuera de la caja, se acepten vulnerabilidades, se diseñe con enfoque de resolución de problemas reales.

De otra manera, todos estos temas tan novedosos y en boca de todos hoy en día, sólo quedarán como adorno y entretenimiento en pláticas de TED, libros en los estantes y maestrías caras, y no en el diseño de una nueva sociedad.

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