Con tus propios ojos

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Por Americo Bringas – Diseñador Instruccional en ForteOrigen / Natural Born Teacher.

¿Cuándo fue la última vez que viste la Vía Láctea con tus propios ojos?

No hay beneficios que no conlleven sacrificios. Vivir en una ciudad grande como Monterrey tiene los suyos. Uno de los que más me pesa es no poder mirar, por las noches, el cielo estrellado.

En Monterrey, una noche muy “despejada” significa que unas pocas o poquísimas estrellas logren atravesar su luz en la capa de smog (como una espada brillante hendiendo el barro de un pantano) y, aun así, sólo puedan hacerse notar tímidamente entre la luz apabullante de la ciudad.

Tenía 13 años cuando vi por primera vez la Vía Láctea. Fue en un campamento, lo recuerdo. Un grupo de amigos y yo preparamos nuestro lecho antes de que oscureciera del todo: de colchón, el pasto confortante; de almohada, una sudadera hecha bola; de colcha, una lona (para protegernos del rocío -¿los niños de hoy sabrán qué es el rocío?-). Sólo nuestras caras estaban al descubierto para ver el cielo.

Y ahí estaba, majestuosa, la Vía Láctea: el camino blanco que atraviesa nuestra noche, nuestro paisaje más profundo, nuestra ventana al vecindario que habitamos en el Universo.

Acostado ahí, mirándola por primera vez, me invadió un sentimiento de humildad. Podría decir que me sentía igual que una hormiga o una flor. “Éste es nuestro lugar en el cosmos”, uno de mis amigos lo dijo después de suspirar y todos nos reímos (o suspiramos, quién sabe). Tenía razón, contemplar la Vía Láctea nos hizo conscientes no sólo de nuestro estar sino de nuestro ser. Entre tantas estrellas y planetas, estábamos ahí y en ese ahora.

Recuerdo haber estado triste y feliz al mismo tiempo. Una vista tan hermosa que no iba a poder contemplar todas las noches (al día siguiente volveríamos a Monterrey).

Sin embargo, para mi fortuna, ése sólo fue el primero de muchos campamentos, excursiones, caminatas, etc. Desde ese día, he hecho siempre todo lo que ha estado a mi alcance para ir a la naturaleza.

Una de las últimas veces que vi la Vía Láctea (cuando tomé la foto de arriba) fue en la cima de La Viga, una sierra en el estado vecino de Coahuila, que en su punto más alto tiene 3,740 msnm. La subida es empinada y, pasando los 3,000 m, se resiente que el oxígeno es 40% menos abundante que a la altura de Monterrey. Cuesta más respirar, pero vale la pena.

Acostado, envuelto en mi sleeping bag viendo el cielo, es fácil entender por qué las estrellas formaban parte tan importante en la vida de nuestros antepasados. Es difícil no asombrarse, no sentirse pequeño y, al mismo tiempo, sentirse afortunado. Es imposible que no te vengan varios “¿Por qué?” a la cabeza.

Todas las noches que vivimos en una ciudad grande nos estamos perdiendo un espectáculo inmensamente aleccionador.

Nos vendría bien cada noche, después de las cosas buenas y malas de nuestro día, salir de nuestras casas por un momento y simplemente voltear hacia arriba y ver miles de estrellas, creo que todo tendría una perspectiva… diferente.

Se nos olvida que ese mundo enorme en el que vivimos, nuestra Tierra llena de tantas cosas y lugares maravillosos, donde existe todo lo que conocemos y todo lo que nos ocupa… es un punto diminuto azul y verde, en la orilla de un brazo de una galaxia con forma de espiral, entre millones de millones de otros planetas.

Nada es tan grande como creemos. Creo que a veces le doy mucha importancia a cosas que realmente no la tienen.

¿No lo hacemos todos?

 

 

 

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